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Procedente de una ladera donde las brumas matutinas de noviembre acarician los racimos y ennoblecen los granos de sémillon recubriéndolos de botrytis. Las uvas que darán lugar a Marie-Elisa son recogidos uno a uno durante distintos momentos de la vendimia para que estén bendecidos con la nobleza de la madurez. Luego son delicadamente prensados para que ofrezcan el jugo que fermentará y madurará entre dos y tres años en barricas usadas. El vino resultante se embotella sin filtrado ni añadido alguno, ni siquiera de sulfitos.

Posee un bello color dorado, una fina expresión aromática que recuerda a confitura de membrillo, miel de tomillo y flores y que va evolucionando con el tiempo hasta alcanzar una gran complejidad. Si la nariz de Marie-Elisa es intensa y suntuosa, su boca es fina y delicada, con un final rico en recuerdos aromáticos y gustativos.

Es un vino de excepción, una maravilla cuya degustación depara momentos de dichosa felicidad.

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